Fundamentos del curso

Vivimos y convivimos con palabras. Recibimos lo que nos rodea con palabras, sin palabras no podemos entendernos a nosotros mismos ni entender a los demás. Nuestra inteligencia tiene una estructura lingüística, lo que quiere decir que pensamos con palabras. Porque el pensamiento se construye con conceptos y los conceptos vienen del lenguaje, son lenguaje. La palabra Justicia y la palabra amor dan origen a los conceptos justicia y amor. Y a partir de ellos se construye el pensamiento, que es una reflexión sobre la justicia o sobre el amor. Sentimos también con palabras, las palabras identifican y ajustan o alteran nuestros sentimientos. La pobreza expresiva es también pobreza psicológica. Si se habla torpemente, se piensa y se siente torpemente. Aprender a hablar bien es aprender a usar bien la inteligencia. 

Al llegar a la edad adulta, uno cree que ha adquirido todo el vocabulario que necesita, y poco más tiene que hacer que utilizarlo espontáneamente. Utilizarlo sin reflexionar sobre él, sobre las relaciones entre palabras, sobre su expresividad, sobre la forma de construir las oraciones y darles fuerza y belleza. Uno se hace entender,  y eso es todo. Pero eso no es todo, porque sin darnos cuenta nos hemos quedado interrumpidos en nuestro desarrollo intelectual y en más de una ocasión nos vemos incapaces de decir lo que queremos decir, y de decirlo con exactitud, con seguridad, con firmeza, con gracia. En general, hablamos mediante tópicos, lugares comunes, muletillas, frases hechas, vulgarismos. Hablamos sin pensar en el lenguaje. Hablamos trivialmente. Pero se puede, y se debe -nos lo debemos a nosotros mismos- aprender a hablar sencilla, clara y brillantemente. El arte de hablar con elocuencia, la creación de belleza mediante el lenguaje, eso que desde hace 25 siglos se llama Oratoria es una necesidad esencial para el hombre moderno, un requisito de la personalidad. Porque la Oratoria es más que una habilidad social, un adorno para darle miel a la convivencia. es un proceso de transformación de la personalidad, es un ideal educativo. Somos lo que hablamos y cómo lo hablamos. La Oratoria nos enseña que el lenguaje está para mucho más que  para limitarse a nombrar las cosas con él.

Para FORMACIÓN DE ORADORES, la Oratoria es un arte. Es más, puede incluirse entre las Bellas Artes, porque, cómo ellas, requiere el ejercicio del entendimiento y crea belleza. Crea belleza mediante el lenguaje. Un buen discurso, bien dicho, puede ser tan hermoso como una pintura o una sonata. Como todo arte, tiene técnicas, que hay que aprender. De ellas se ocupa el curso de Oratoria que ofrece Formación de Oradores. Pero teniendo en cuenta que el arte no es un repertorio de técnicas ni las técnicas pueden sustituir al arte. El arte de la Oratoria tiene que ver con la fuerza del ingenio, con la finura de la sensibilidad, con la calidad de la expresión. A eso se subordina la técnica y debe servir para desarrollar esas capacidades personales.  A desarrollarlas en cada alumno se orienta también Formación de Oradores. Como la música, la Oratoria es una cuestión de estilo, de voz manejada con estilo. El discurso tiene una evidente dimensión psicológica, que no puede descuidarse. En su composición y en su pronunciación interviene todo el orador: su formación intelectual, su madurez emocional, sus estados de ánimo. Tal como somos así hablamos. Un manejo inadecuado de las emociones perturba la comunicación con el público.

El domino del lenguaje es indispensable para el éxito de muchas profesiones, cuya base es la palabra: abogados, políticos, profesores, periodistas, empresarios, médicos. En muchos momentos de su vida, cualquier profesional descubrirá que el dominio del lenguaje le resulta un requisito indiscutible para desarrollar cabalmente su trabajo. No basta con saber, hay que saber decir.

FORMACIÓN DE ORADORES nace con el propósito de ayudar a saber decir. 

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